viernes, 31 de octubre de 2008

el inicio de un largo viaje

Día 4: inicio del viaje a la ciudad de nombre impronunciable

Hoy, por fin, he comido algo distinto al pigfish, pero casi que prefiero lo de siempre, porque esa especie de animal entre conejo y perdiz (un bicho horroroso, por cierto) no sabía demasiado bien. También nos hemos puesto en camino. Si de algo me he dado cuenta hoy, es que en este mundo no funcionan las leyes de la naturaleza como en el nuestro. Las cosas son muy raras. Sin ir más lejos, nada más ponernos en camino vimos un árbol con patas, impresionante, pero no es un ser racional, como he comprobado cuando he intentado mantener una conversación con él y al rato empecé a escuchar las risitas de mis amigos, los vampiros (¿Cómo iba a saberlo yo, si en los libros aparecen a menudo esa clase de seres? ¡Qué decepción!). A raíz del vergonzoso incidente (porque es vergonzoso intentar hablar con un árbol) he preguntado a Robert (que parece que es el que más sabe de este mundo) qué criaturas existen en este sitio. Por suerte estaba por la labor de hablar (ya he mencionado algo sobre su gran afán conversador, creo) y me ha dicho que aquí puedo encontrar elfos, hadas, duendes, dríadas, sirenas, enanos… Vamos, de todo menos árboles parlantes.

Me cuesta admitir que mi ridículo se ha incrementado cuando he pedido una pausa para tener un poco de intimidad (no necesito dar detalles) y he acabado perdida en este maldito bosque. Por suerte, los sentidos de los vampiros son muy agudos y me han encontrado fácilmente, aunque ahora no me dejan alejarme demasiado. Casi que mejor, porque mi orientación es una cualidad nula, y si me pierdo en una gran ciudad que conozco, con sus calles rectas, cómo no perderme en un bosque.

Bueno, sigo con el día, porque empiezo a divagar. Continuamos andando sin rumbo hasta que me di cuenta de que íbamos sin rumbo. Se limitaron a mirarme con cara de cachondeo (les debo de parecer una payasa, porque siempre se están riendo de mi) y Alexander me explicó amablemente que sí que teníamos un rumbo, porque cada ciudad emite un resplandor mágico de distinto color que permite a todo ser mágico o a todo mago iniciado (no es lo mismo) saber el nombre de la ciudad y a qué distancia se encuentra del receptor de la emisión de color (vamos, que es una especie de cartelón sobrenatural que se ve a kilómetros de distancia). Nos dirigimos a Kaiopksuhnm (impronunciable) porque es el resplandor más cercano y porque a lo mejor logramos que nos admitan en una caravana que vaya hasta Daoles, ciudad portuaria donde podremos coger un barco para llegar al continente donde está Esalrtes. Para situarnos: el continente en que estamos se corresponde con Europa y vamos a América. Más concretamente, estamos en el norte de Italia y debemos ir al oeste de Francia a coger un barco a Charleston (EEUU) para llegar a Atlanta. Todo esto ANDANDO.

Cuando le pregunté a Alexander cómo sabía tanto me dijo que se lo había contado Robert. Y cuando pregunté a Robert, me miró como indignado y se limitó a responder que porque ha estudiado. Me tuve que tragar el preguntarle dónde ha estudiado esa clase de cosas, porque me dio la sensación de que ya había agotado su cupo diario de conversación. Pero me he prometido a mí misma que le sacaré más cosas.

Bueno, por lo menos Alexander (¿he dicho ya lo increíblemente guapo que es?) sí me dio conversación y me enteré de que, a mi ritmo, llegaremos a la ciudad dentro de dos días. A mi ritmo, já, como si yo fuera pisando huevos. Entre las comidas, mis momentos de intimidad, mi conversación con el árbol y que me he perdido, nos hemos retrasado sólo dos horas. Aunque ahora que lo pienso, en teoría los vampiros son increíblemente rápidos. ¿Qué velocidad alcanzarán? Se lo preguntaré mañana a Alexander (me reservo a Robert para las preguntas sobre Esmtezlia) pero ahora me voy a dormir, que menudo día.

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