sábado, 7 de septiembre de 2013

Día 12: espía

Mal rollo. Muy mal rollo. Ayer, con todo el lío de las pistolas (más tarde hablaré de eso: hoy tocaba empezar a practicar) se me olvidó comentarle a Robert lo de su odiosa ayudante. Así que hoy voy, se lo digo y me mira con cara extraña, preguntándome que por qué. Y yo le respondo que me pareció venenosa, a lo que él dice que no comprende y le respondo que esa mujer es una víbora.
Robert se me quedó entonces mirando estupefacto y al cabo de unos segundos me dice:
—Mi ayudante es un hombre y está a punto de jubilarse.
Ahora me tocó a mí mirarle con los ojos como platos y preguntarle:
—¿Me estás diciendo que no sabías que había una mujer en tu habitación antes de ayer?
Y Robert, negando con la cabeza, me pidió que la describiera. A ver, no soy chica de muchas palabras y las descripciones se me dan fatal. Así que, evidentemente, y dado que la tipeja esa no tenía ninguna cosa que la identificara más fácilmente (como, yo qué sé, un tatuaje, una cicatriz, un piercing...) lo más que se me ocurrió decir fue que era una rubia despampanante bastante desagradable que tenía acento de aquí, vestía un ceñido traje negro de esos que son como pantalón y camisa juntos y tenía ojos maliciosos, pero que no me acordaba del color. Creo que, hasta ahí, él dio por supuesto que era una ladrona, pero cuando se me ocurrió mencionar que me pareció que era una vampiresa se le puso esa cara de pánico que sólo he visto en contadas ocasiones y que augura que la situación es mucho más grave de lo que yo pensaba.
Pues bien, como mi descripción era una basura, y en vista de que el dibujo que intenté hacer de ella parecía más el de una muñeca manga que el de una persona real (culpo a mis padres, que me enseñaron a dibujar copiando cómics), Robert llamó a Daluen, le expuso a situación y ambos se pusieron a deliberar.
La primera opción que me propusieron fue la hipnosis. Aunque, tal y como les dije, hipnotizarme era una soberana estupidez, dado que lo único que no recordaba era el color de los ojos y el problema era que no sabía cómo describirla. Hubiera sido muy útil tener a uno de esos dibujantes de retratos robot en plan peli de polis, a los que vas diciendo: “no, la nariz más grande y un poco más larga, los ojos más juntos...” pero por desgracia ninguno de los nuestros tiene ese don en particular.
Así que decidieron que yo tenía que imprimir mi recuerdo directamente desde mi cabeza hasta una tablilla especial. ¿El problema? Que eso no se hace con runas y que yo no soy maga. Así que alguien que sí lo es tenía que meterse en mi cabecita.
No me hacía gracia la idea. No es que guarde ningún secreto (curiosamente) a excepción del calentón que tengo con Robert, pero hay que reconocer que la posibilidad de que alguien curiosee en mi mente, aunque sea sólo un recuerdo y por una buena causa, no me gusta demasiado. Pero en fin, a veces hay que sacrificarse por el equipo (no hace falta ser un genio para saber que la frase es de Daluen).
Me hicieron relajarme en plan meditación, cosa que me llevó una hora larga, y me dijeron que me centrara en la imagen de la espía o lo que diablos fuera. Entre tanto, Daluen empezó a entonar el hechizo para meterse en mi cabeza. Error. En cuanto empezó a hacer ruido, me desconcentré y hubo que volver a empezar. En el segundo intento me hicieron cerrar los ojos y taparme los oídos. Todo bien hasta que noté la intromisión y una burbuja invisible se formó entre mi cerebro y el suyo. Parece que eso es algo bastante raro, dado que no tengo entrenamiento en lucha mental, lo cual es un problema porque así no sé cómo tumbar esas barreras levantadas por mi instinto. Dado que puede ser peligroso que otro las tumbara por mí, eso era un problema.
Tras un rato pensando, a Daluen se le ocurrió que a lo mejor no hacía falta entrar en mi mente. Me pidió que empapelara esa especie de burbuja mental con la imagen de esa mujer. Yo me reí (no sé por qué me hizo gracia, pero empapelar de forma imaginaria una burbuja imaginaria que protege mi cerebro es una cosa bastante extraña) pero hice lo que me pedía y, por absurdo que parezca, funcionó.
El retrato quedó como una foto y reflejó perfectamente la cara de asco de la mujer. Robert frunció el ceño al verla, pero no dijo nada. Le conozco, y sé que sabe quién es ella, pero tampoco pregunté porque había gente delante y porque estaba claro que no es alguien al que quiera tener por su casa. Ya le pillaré cuando esté sólo y le pediré explicaciones.
—Hay que reforzar la seguridad —dijo.
Ahora está la casa llena de técnicos de una empresa de esas de seguridad para ricachones. Lo que no sé es por qué diablos Robert no les tenía contratados de antes. Tiene narices, lo desprendido que puede llegar a ser a veces. Con la de tesoros que tiene esta casa y no tenía ni una alarma.
Pasando a mis prácticas de tiro. No duraron mucho debido a que hablé con Robert durante el primer descanso y luego llegó la empresa de seguridad (hay que ver: en cuanto les llamamos se plantaron aquí, eso sí que es ser eficiente) pero queda clara una cosa: si alguien pensó que, por ser de este mundo, iba a ser buena disparando, se equivocaba completamente. Me asusto cuando suena el disparo y entre eso, el retroceso y que cierro los ojos no acierto una. Sólo es mi primer día, claro, pero está cristalino que no es lo mío.

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